Reflexión sobre el entorno de trabajo, la confianza y la comunicación
A partir de mis vivencias, voy a compartir con vosotros una reflexión sobre cómo el entorno de trabajo nos afecta y hasta qué punto conectamos con lo que nos llega de ese entorno.
Donde trabajo, tengo la suerte de tener un pequeño jardín al que salir a despejarme; mi oficina da directamente a ese jardín. Esta ubicación me permite disfrutar de ciertos aspectos relacionados con los cambios de estación, sobre todo, la transformación de las plantas y la fauna. Y este contacto con la naturaleza me ayuda a reflexionar sobre aspectos que me influyen como persona.
Por supuesto que trabajar al lado de un jardín no es sinónimo de nada. Uno puede pasear por un jardín pero no estar en absoluto interesado en plantas, flores, huertos urbanos o la organización social de las hormigas, por citar algunos ejemplos. Pero creo que el entorno brinda oportunidades diferentes a las personas y, para mí, trabajar muy cerca de la naturaleza implica observarla, aunque sea de manera fortuita.

Me explico con un ejemplo. Cada año, cuando llega la primavera, en un día cualquiera, aparece en el jardín uno de los seres vivos más preciosos y exóticos para estas latitudes: el puput o, más popularmente, putput (me permito utilizar el nombre en catalán, que es como yo identifico al pájaro; en castellano, abubilla). A lo largo de los años, el avistamiento y posterior contemplación del putput lo he compartido con mi socia, Alison Hubbard; juntos nos hemos maravillado de su belleza y hemos parado cualquier tarea para sentarnos a contemplar el ave: sus colores, sus andares, su acierto incansable al picotear semillas e insectos en el suelo del jardín, la erección de su cresta ante del peligro y la extensión de sus alas cuando levanta el vuelo.
Alison y yo siempre nos hemos sentido afortunados por ver un putput. Para nosotros el putput augura algo bueno. Carles Pastor en su blog (www.avesfotos.eu) cita al poeta persa Farid-Ud-Din’Attar que entendía al putput como “mensajera entre lo visible y lo invisible, …la encarnación entre la verdad y la sensatez”.
Ayer estaba conversando por teléfono con Berta, una clienta; se trataba de un seguimiento de las sesiones de coaching que realizamos presencialmente. Decidí salir al jardín para disfrutar del sol mientras conversábamos y, de repente, un putput aterrizó a unos diez metros de distancia y empezó su paseo en dirección a mi posición, alimentándose de todos aquellos manjares que iba encontrando a su paso. Admiraba en silencio sus formas a la vez que me concentraba en las palabras que la clienta y yo intercambiábamos. Sorprendentemente, el putput se acercó a un metro de distancia de mi posición y, en ese momento, le tuve que comunicar a mi clienta: “¡Perdona Berta, tengo un putput a un metro de mí! Interrumpo la conversación y te lo digo porque nunca me ha pasado esto, -digo susurrando. ¡Para mí esto es extraordinario!”. No recuerdo qué dije después pero, ciertamente, levanté lévemente la voz y el putput se asustó y alzó el vuelo. La conversación con Berta continuó durante unos minutos más.
Después, la reflexión sobre el contenido de la conversación se entremezclaba sobre el significado de la presencia del putput y su conducta de acercamiento. Y, a mí, me hizo pensar en la confianza. La confianza de Berta conmigo cuando se abre a explicarme sus búsquedas e inquietudes, la confianza mía con ella al atreverme a parar una conversación para expresarle lo maravillado que estaba por el momento que estaba viviendo y la confianza del putput –el impulsor de ese momento especial- que se acerca sin miedo de mi presencia y me regala toda su belleza natural.
Y, también, me hace pensar en aquello que hacemos o decimos que conecta a los otros con el miedo. En ocasiones nuestras intenciones son buenas pero son malinterpretadas por los demás. Supongo que esto le pasó al putput cuando se asustó cuando yo subí ligeramente el volumen de mi voz, cuando lo que en verdad quería era compartir con Berta mi agradecimiento por ese momento impagable. Ocurre que no todos interpretamos igual los diferentes códigos de comunicación, de ahí, dos conclusiones. Primera, para poder mantener una comunicación con nuestro entorno hemos de conocer, por un lado, los signos que son útiles porque facilitan la apertura de los otros y, por otro lado, aquellas señales que levantan las defensas de nuestros interlocutores. En segundo lugar, la confianza entra en juego en la comunicación cuando, delante de malentendidos, nos atrevemos a aclararlos dando o pidiendo explicaciones para acercarnos al otro.
Pienso que esta reflexión ha sido posible por el entorno en el que trabajo, pues me permite conectar con la inteligencia de la naturaleza en momentos en los que me creo que estoy solo con mis cosas. El entorno nos comunica mensajes muy potentes que nos ayudan; para captar estos mensajes tenemos que habilitar nuestra capacidad de admirarnos y dejarnos llevar por esos momentos fugaces pero inmensamente significativos. Y, después, viene lo más difícil: aplicar lo aprendido de esta reflexión. Me acordaré de ella cuando me comunique con otras personas y, por supuesto, ¡cuando vea otra putput!
(Nota: las imágenes han sido prestadas de estos dos sitios web, respectivamente:
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