
La muerte de un ser querido me hace experimentar un vacío insustituible. Donde alguien estaba, no hay nada. Pues esta es nuestra naturaleza, un impulso creativo que surge de la nada y que nos alimenta para sentirnos vivos y acompañados en este viaje que acaba donde empezó, en el vacío eterno. Aceptar que somos testigos de la maravilla de la vida, con todo lo que eso significa, nos ayuda a evitar la ansiedad de aferrarnos a lo imposible y nos deja ver nuestro verdadero lugar en esta tierra en la que hemos crecido y a la que debemos respeto y amor. Todos tenemos un lugar en este mundo mientras nuestros compañeros de viaje nos lo reconocen: nuestras compañeras, madres, hijas, hermanas, amigas…
Aceptar consiste en apreciar este lujo que tenemos de vernos apreciados y amados por nuestros seres queridos. Dejarse llevar por cosas tan extraordinarias como respirar, alimentarse, abrazar, reír, nos ayuda a conectar con la creencia que la vida es felicidad, siempre y cuando nos permitamos verla. El dolor por la pérdida es parte del viaje, pero es la celebración de esa vida lo que nos ha ayudado a ser quienes somos. Su dolor en la partida es el precio a pagar por haberla tenido con nosotros y habernos reflejado en ella para ser quienes somos, ni más ni menos.
